Por María Esther Beltrán Martínez / Corresponsal
Coneme / MÁLAGA, España.- Ver una obra maestra del cine contemporáneo siempre es un placer, pero presenciar cómo cobra vida en tiempo real a través del instrumento que le dio pulso y alma es una experiencia transformadora. El virtuoso baterista mexicano Antonio Sánchez se presentó en el Teatro Cervantes de Málaga para ofrecer una proyección especial de Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia), acompañándola en directo con su batería. Un encuentro de altísima categoría que, aunque contó con una escasa asistencia de público, culminó con una calurosa ovación de los presentes.
Antes de dar inicio a la función, Sánchez salió al escenario con micrófono en mano para conversar de manera directa con los asistentes. Con una cercanía espontánea y natural, transmitió una gran confianza al público, salpicando su relato con agudos comentarios graciosos que sacaron más de una sonrisa a la audiencia. Entre risas, agradeció el cariño recibido desde su llegada a España, recordando que lleva tres años residiendo en Barcelona. A partir de ahí, fue hilvanando una crónica personal sobre sus orígenes, su pasión por el jazz y la singular historia de cómo terminó poniendo ritmo a una de las cintas más aclamadas de Alejandro González Iñárritu.
Sánchez rememoró sus años de juventud en México escuchando una conocida estación de la frecuencia FM, una etapa clave en la que descubrió infinidad de música antes de volcarse por completo al jazz y mudarse a Los Ángeles. Por aquel entonces, Iñárritu ya era una de sus grandes referencias, aunque jamás imaginó que lo conocería en persona. La sorpresa llegó tras un concierto, cuando el cineasta se le acercó para felicitarlo por su solo de batería. El músico confesó entre risas la vergüenza que sintió al no reconocerlo de inmediato y preguntarle a qué se dedicaba, descubriendo con asombro que hablaba con el director de Amores perros.
Tras intercambiar teléfonos, la historia dio un giro inesperado tiempo después. Mientras conducía, Sánchez recibió una llamada de un Iñárritu emocionado, quien le propuso componer la banda sonora para su nueva película, una obra donde la batería tendría el rol protagónico. El baterista aceptó de inmediato, pero a los cinco minutos el pánico se apoderó de él: jamás había trabajado para el cine. Al recibir el guion, la perplejidad fue aún mayor debido a la complejidad de la historia.
Las primeras melodías que envió no convencieron al director, quien le dijo con franca ironía que estaban “muy bonitas”, pero no servían para lo que buscaba. Iñárritu no quería piezas pulidas, sino la visceralidad pura de la improvisación.
Para resolverlo, se reunieron a trabajar directamente sobre el libreto. Escena por escena, Iñárritu le explicaba la intención dramática y, mediante señas con las manos al haber un corte o cambio de ritmo, indicaba a Sánchez cuándo debía variar la temática rítmica. Así, a base de intuición y dinamismo, nació la identidad sonora de Birdman.
Aunque la cinta se llevó tres premios Óscar —entre ellos Mejor Película— y la música no pudo competir en la Academia por temas reglamentarios, el trabajo de Sánchez tuvo su revancha al año siguiente al conquistar un premio Grammy, detalle del que también hizo gala con simpatía y sentido del humor.
Una lección magistral que merecía sala llena
Debido a que la gran pantalla de proyección ocupaba la totalidad del escenario, la batería de Antonio Sánchez no se ubicó sobre las tablas, sino abajo, en el foso donde habitualmente se sitúa la orquesta en los espectáculos en vivo, muy cerca de la zona de palcos. Durante la sesión, el músico advirtió que lo que se escucharía no sería una copia idéntica del filme, sino un ejercicio vivo enriquecido con improvisaciones en directo. El resultado fue sensacional: la fuerza de los golpes y la precisión rítmica dialogaron a la perfección con el plano secuencia de la pantalla, sumergiendo al teatro en una atmósfera hipnótica.
El punto culminante de la velada llegó durante los créditos finales, cuando Sánchez se desplegó por completo en una demostración sublime de maestría musical. Con los ojos cerrados y entregado en cuerpo y alma a su instrumento, cautivó a los presentes extrayendo una riqueza infinita de matices, tonos y matices rítmicos de sus platillos y tambores, coronando la proyección con una exhibición sonora inolvidable.
A pesar de la trascendencia del evento y de la categoría internacional del músico, llamó la atención la reducida afluencia de espectadores en el recinto malagueño, privando a estudiantes de música y cinéfilos locales de lo que fue una verdadera e irrepetible clase magistral. No obstante, quienes estuvieron presentes supieron valorar la magnitud del espectáculo y entregaron al artista una cerrada y emotiva ovación, reconociendo el inmenso talento de un mexicano que ha dejado una huella imborrable en la historia reciente del séptimo arte.
