Por Monserrat Hernández

Coneme / MODERADOR: Escuchemos el mensaje que dirige la Presidenta Constitucional de los Estados Unidos

Mexicanos y Comandanta Suprema de las Fuerzas Armadas, Doctora Claudia Sheinbaum Pardo.

PRESIDENTA DE MÉXICO, CLAUDIA SHEINBAUM PARDO: Buenas tardes, a todas, a todos.

General Ricardo Trevilla Trejo, secretario de la Defensa Nacional.

Almirante Raymundo Pedro Morales Ángeles, secretario de Marina.

A todos los altos mandos del Ejército, Fuerza Aérea, Guardia Nacional, así como de la Armada de

México.

A la presidenta de la Cámara de Diputados.

Presidenta de la Cámara de Senadores.

Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

Amigas y amigos.

Niñas y niños.

Mexicanas y mexicanos:

Hoy, 20 de noviembre, recordamos el inicio de la gesta revolucionaria de 1910 y, con ello, convocamos

a la memoria profunda del pueblo de México que, a lo largo de su historia, nunca aceptó la injusticia

como destino.

La Revolución Mexicana es una de las grandes Transformaciones del siglo XX, que reivindicó derechos

sociales, soberanía e independencia, recursos de la nación y el derecho del pueblo a elegir a sus

gobernantes.

La Revolución fue un levantamiento armado contra el dictador Porfirio Díaz, quien encabezó durante

34 años un régimen de opresión, autoritarismo y privilegios.

Porfirio Díaz se presentaba como un defensor del orden y el progreso, pero, en realidad, construyó un

régimen autoritario sostenido por la represión, el miedo y la sumisión forzada del pueblo.

Bajo su mando, las elecciones se convirtieron en una simple simulación donde los resultados ya

estaban decididos de antemano y cualquier oposición era perseguida, encarcelada o silenciada.

Todo ello, mientras entregaba recursos naturales a compañías extranjeras, despojaba a comunidades

indígenas de sus tierras para entregarlas a particulares nacionales y extranjeros, mientras convertían

a los dueños de las tierras en trabajadores agrícolas con extenuantes jornadas, salarios de hambre y

tiendas de raya que mantenían al jornalero con cada vez mayores deudas.

Así, en las haciendas, minas y fábricas predominaban jornadas inhumanas, salarios miserables y

castigos para quienes se atrevían a protestar.

La represión a los pueblos indígenas fue cruenta. El ejemplo más atroz de ello fue la verdadera guerra

de exterminio contra los yaquis, con el objetivo de repartir sus tierras a particulares.

“El progreso” —entre comillas— del porfiriato fue, en realidad, un progreso para unos cuantos,

construidos sobre la explotación brutal, el racismo social y la injusticia cotidiana.

El país vivía un brillo artificial.

Ferrocarriles, calles modernizadas en las ciudades, mientras la miseria crecía en el campo.

Discursos de orden mientras se reprimía levantamientos a sangre y fuego.

Los trabajadores que intentaron organizarse eran perseguidos, encarcelados o asesinados.

Las huelgas de Cananea y Río Blanco mostraron al mundo la brutalidad con la que el régimen

respondía a la exigencia mínima de justicia.

Las libertades políticas estaban canceladas.

La prensa independiente era acosada.

Los opositores eran vigilados, exiliados o silenciados.

Y las elecciones ―como dijimos― no eran sino una simulación.

En realidad, lo que se trataba era de perpetuar el control de una élite que gobernaba sin responder al

pueblo.

Ese era el México al que se enfrentó Francisco I. Madero y al que previamente se habían enfrentado

los hermanos Flores Magón, encarcelados y exiliados.

Madero, un hombre profundamente convencido de la democracia y la legalidad, buscó primero el

camino pacífico. Escribió, recorrió el país, fundó un partido político y llamó a elecciones libres. Su

mensaje encontró eco en una sociedad cansada de la opresión.

Pero cuando Porfirio Díaz, después de haber prometido en una entrevista “que no se reelegiría”,

decidió una vez más aferrarse al poder y mandar encarcelar a su principal opositor.

Fue entonces que el Apóstol de la Democracia comprendió que el camino institucional estaba cerrado.

Fue en esa hora oscura, luego de su detención en San Luis Potosí y de escapar hacia Estados Unidos,

cuando tomó una decisión que cambiaría la historia de la nación: con plena conciencia del peligro,

entendiendo que su vida corría riesgo y que la suya sería una lucha desigual contra un aparato

autoritario, Madero redactó el Plan de San Luis.

Ese documento, escrito en el exilio y en la incertidumbre, llamó a desconocer el régimen ilegítimo y

fijaba una fecha para levantarse en armas: el 20 de noviembre de 1910, hace 115 años.

El Plan de San Luis decía:

“Los pueblos, en su esfuerzo constante porque triunfen los ideales de libertad y justicia, se ven

precisados en determinados momentos históricos a realizar los mayores sacrificios”.

Proponía, además, la restitución de las tierras a quienes les habían sido arrebatadas y la construcción

de un país donde el voto realmente expresara la voluntad popular: “Sufragio efectivo, no reelección”.

Se sumaron al llamado campesinos, obreros, sectores diversos, hartos del autoritarismo.

Zapata y Villa, grandes héroes populares que en un inicio acompañaron a Madero en la lucha por un

país justo y democrático.

El Plan de San Luis fue más que un llamado a la rebelión, fue un acto de fe en el pueblo de México,

fue la convicción de que ningún poder, por grande que sea, puede imponerse a la justicia y a la verdad.

El llamado de Madero tuvo eco.

Después de solo 6 meses, el 10 de mayo de 1911, el General Navarro, defensor porfirista de la Plaza

de Ciudad Juárez, se rinde ante los revolucionarios.

Madero emprende su camino hacia la Ciudad de México. Es vitoreado y aclamado en cada pueblo y

en cada ciudad. Su entrada triunfal a la Ciudad de México solo recordaba a la entrada de Juárez,

después de la conquista de la segunda Independencia.

Es elegido Presidente, por voto popular.

Sin embargo, el derrumbe del antiguo régimen no era un acto instantáneo, se trataba de una empresa

gigantesca.

Como Presidente, Madero entregó cada día de su vida a perseguir ese ideal, que creía indispensable

para tejer un país de paz y con progreso. No estuvo exento de tropiezos y quizá no supo medir la

profundidad de las demandas del pueblo que aclamaban justicia, pero sus fallas palidecen frente a la

grandeza de su visión.

Fue un pionero de la democracia, cuando ésta apenas era un susurro, un soñador audaz que decidió

luchar contra la inercia de décadas de injusticia y autoritarismo.

El Golpe de Estado que derrocó a Francisco I. Madero y al vicepresidente José María Pino Suárez en

febrero de 1913 fue una traición orquestada, desde un grupo del viejo régimen porfirista dentro del

poder militar, que permaneció y fue respaldada desde el exterior.

Durante la llamada “Decena Trágica”, los enemigos del gobierno, entre ellos, Victoriano Huerta y Félix

Díaz, conspiraron para destruir el proyecto democrático que Madero representaba.

A esta conjura se sumó el embajador de Estados Unidos, Henry Lane Wilson, quien intervino

abiertamente apoyando a los golpistas y avaló los pactos que sellaron la caída del gobierno legítimo.

Esa injerencia extranjera, sumada a la traición interna, culminó en el asesinato de Madero y Pino

Suárez, un crimen que abrió uno de los capítulos más dolorosos y violentos de la historia de México.

Después del Golpe de Estado, el 19 de febrero de 1913, el Congreso del estado de Coahuila publicó

un célebre Decreto en el que desconocía al usurpador Victoriano Huerta y facultaba a Venustiano

Carranza para crear una fuerza armada y restablecer la democracia y el orden constitucional.

Villa y Zapata continuaron con el movimiento revolucionario para luchar contra el régimen de Huerta,

formando parte de las fuerzas que finalmente lo derrocaron.

Lo cierto es que la nación entera se convirtió en un campo de batalla, marcado por incendios, hambre

y epidemias. Las cifras estremecen: entre 1913-1917, según don Jesús Silva Herzog, la guerra, la

miseria y el tifo arrancaron la vida de un millón de mexicanos.

Fue un periodo de dolor, traiciones, pero también un momento decisivo en el que el espíritu del pueblo,

endurecido por la tragedia, siguió avanzando para alcanzar la patria que soñó Madero.

La Revolución Mexicana quedó plasmada en la Constitución de 1917, la más avanzada del mundo en

cuanto a justicia social. Se reconocieron las principales demandas del pueblo:

El derecho de los campesinos a la tierra.

El salario mínimo.

La jornada de 8 horas.

La organización sindical.

La seguridad social.

El derecho a la educación.

Y a pesar de fuertes presiones de compañías y gobiernos extranjeros, se logró recuperar para la nación

las riquezas naturales.

El General Lázaro Cárdenas cumplió, años más tarde, la letra escrita de la Constitución de 1917.

Más que seguir delineando lo que ocurrió después, hoy quiero poner énfasis en los 34 años del

porfirismo y la Revolución, pues es una responsabilidad histórica.

Porque quienes hoy reivindican la mano dura, la fuerza por encima de la ley, los que reivindican la

ultraderecha o esa libertad que solo disfrutan los privilegiados, no conocen la historia de México ni a

nuestro pueblo.

El porfiriato de entonces es al mismo al que quieren convocar ahora: al del despojo, al del exterminio

silencioso, al de la esclavitud, al de una prensa callada, al de una paz impuesta.

Tampoco hay que olvidar el periodo previo al de la actual Transformación: 36 años de regresiones,

pobreza, desigualdad, corrupción y privilegios; el periodo neoliberal.

Cuatro Transformaciones han marcado la historia de México: la Independencia, la Reforma, la

Revolución, que fueron armadas.

Y la Cuarta, una Transformación pacífica decidida mayoritariamente por el pueblo de México, que

reivindica la justicia, la libertad, la democracia y la prosperidad compartida.

La Transformación que inició en 2018 está fuerte porque hay honestidad, resultados y amor al pueblo.

Porque cuando un pueblo reconoce su historia, su dignidad y su fuerza colectiva, defiende sus

conquistas.

Por eso hoy, con la fuerza de nuestra memoria colectiva, afirmó: ¡México no volverá a caminar hacia

atrás!

La paz y la tranquilidad son fruto de la justicia. Por ello, no tienen resonancia los discursos que

normalizan la violencia como camino, que glorifican la imposición o que pretenden restaurar un país

de privilegios para unos cuantos.

El que convoca a la violencia, se equivoca.

El que alienta al odio, se equivoca.

El que cree que la fuerza sustituye a la justicia, se equivoca.

El que convoca una intervención extranjera, se equivoca.

El que convoca, el que piense que aliándose con el exterior tendrá fuerza, se equivoca.

El que cree que las mujeres somos débiles, se equivoca.

El que cree que la Transformación duerme, se equivoca.

El que piensa que las campañas de calumnias y mentiras hacen mella en el pueblo y en los jóvenes,

se equivoca.

El que piensa que el pueblo es tonto, se equivoca.

México vive un momento que antes parecía imposible. Hoy el poder ya no se usa para someter, sino

para servir. Ya no hay imposiciones ni privilegios, hay constitución, hay democracia y hay un gobierno

que escucha, que respeta y que responde a su pueblo.

Hoy las libertades no solo se otorgan desde arriba; se ejercen desde abajo, desde cada barrio, desde

cada comunidad, desde cada voz que habla con dignidad, porque en México ya nadie es silenciado,

ya nadie es perseguido por pensar distinto, y eso es una conquista del pueblo de México.

Hoy el gobierno dejó de ser un espacio reservado para unos cuantos. Ya no es un club de privilegiados.

Hoy representa a todas y a todos: a quienes estudian, a quienes trabajan, a los comerciantes, a los

jóvenes, a los indígenas, a las mujeres, pero, sobre todo, representa a las y los que menos tienen, a

las y los humildes, para poder conseguir su bienestar.

Se acabó la era de los lujos del poder. Se gobierna con austeridad, con ética, con honestidad. Porque,

que se oiga bien y que se oiga fuerte: ¡La autoridad moral no se compra ni con todo el dinero del

mundo, se construye a lo largo de la vida con coherencia y convicciones!

Por ello, no aceptamos la corrupción y desde aquí, seguimos luchamos con la ley en la mano contra la

impunidad.

El México de hoy es el del pueblo que dice: Nunca más racismo, nunca más clasismo, nunca más

discriminación, nunca más justicia para unos cuantos. Nadie ni nada por encima de la ley. Nada por la

fuerza, todo por la razón y el derecho. Es una nación que, con orgullo, defiende sus conquistas, su

historia, su memoria y su patrimonio.

Nada bueno puede surgir de quienes han hecho de la corrupción su modo de vida. Nada puede

esperarse de algunos medios que usan su espacio para la calumnia, de algunos comentócratas que

cambian de opinión según su conveniencia, ni de los poderosos cegados por la ambición.

Por eso, recordamos la historia y sabemos que cuando un gobierno camina con el pueblo, nada ni

nadie pueden doblegarlo.

Nos calumnian porque saben de nuestra honestidad, saben que no nos vamos a someter a los

intereses de quienes antes ostentaban el poder o gozaban de privilegios, ni a ningún gobierno o interés

extranjero.

Saben que no seremos figuras decorativas, o simples instrumentos de quienes estaban acostumbrados

a robar y a concentrar el poder económico y político del país.

Contamos con el respaldo de la mayoría de las y los mexicanos, sobre todo, de quienes habían sido

históricamente olvidados, porque buscamos la prosperidad compartida, porque sabemos que “Por el

bien de todos, primero los pobres” y que con el pueblo se hace todo o no se hace nada.

Nuestra honestidad y amor al pueblo nos acompañan. Por eso, la campaña de calumnias, de mentiras,

no hace mella, porque el pueblo sabe que no nos vamos a doblegar frente a la ilegalidad o la injusticia.

El pueblo de México está más fuerte porque sabe que, juntas y juntos, defendemos la soberanía, la

independencia y la justicia.

Termino recordando que la Revolución Mexicana nos dejó grandes enseñanzas y legados. Uno de ello,

nuestras Fuerzas Armadas, surgidas de la Revolución Mexicana, surgidas de una gesta heroica del

pueblo en contra de un Golpe de Estado.

Por ello, reconozco y el pueblo de México reconoce su patriotismo, valor, entrega y servicio al pueblo.

Felicito a todas y todos los oficiales de Marina y Defensa que ascienden este día histórico, 20 de

noviembre, y les convoco a mantener siempre en alto la lealtad al pueblo y el amor a la patria.

Mexicanas y mexicanos:

Nuestra historia lo ha demostrado una y otra vez: Cuando caminamos juntos con los principios que nos

han guiado, nada nos detiene. México avanza hoy, más que nunca, con un pueblo con dignidad y con

memoria. México avanza por la senda de la honestidad, de la paz, de la democracia y de la justicia.

PRESIDENTA DE MÉXICO, CLAUDIA SHEINBAUM PARDO: ¡Que viva la Revolución Mexicana!

ASISTENTES: ¡Viva!

PRESIDENTA DE MÉXICO, CLAUDIA SHEINBAUM PARDO: ¡Que viva Francisco I. Madero!

ASISTENTES: ¡Viva!

PRESIDENTA DE MÉXICO, CLAUDIA SHEINBAUM PARDO: ¡Que viva Zapata!

ASISTENTES: ¡Viva!

PRESIDENTA DE MÉXICO, CLAUDIA SHEINBAUM PARDO: ¡Que viva Villa!

ASISTENTES: ¡Viva!

PRESIDENTA DE MÉXICO, CLAUDIA SHEINBAUM PARDO: ¡Que viva Carranza!

ASISTENTES: ¡Viva!

PRESIDENTA DE MÉXICO, CLAUDIA SHEINBAUM PARDO: ¡Viva México libre, independiente y

soberano!

ASISTENTES: ¡Viva!

PRESIDENTA DE MÉXICO, CLAUDIA SHEINBAUM PARDO: ¡Viva México!

ASISTENTES: ¡Viva!

PRESIDENTA DE MÉXICO, CLAUDIA SHEINBAUM PARDO: ¡Viva México!

ASISTENTES: ¡Viva!

PRESIDENTA DE MÉXICO, CLAUDIA SHEINBAUM PARDO: ¡Viva México!

ASISTENTES: ¡Viva!